miércoles, 8 de febrero de 2012

BIOGRAFIA COMPLETA DE SOR JUANA INES DE LA CRUZ

SOR JUANA INES DE LA CRUZ

Alguna vez Sor Juana Inés de la Cruz se definió a sí misma como buscadora de la verdad: “aunque sea contra mí —dijo— me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad” (Respuesta, l. 186s.). Esta es, luego una de las claves que explican su vida; una vida entregada al estudio y a la comprensión del enigma de la existencia. Pero la Verdad primera y última para ella fue Dios, eje y misterio, meta y punto de partida.
Nació Juana Inés un 12 de noviembre, en el pueblo de San Miguel Nepantla, hoy Estado de México, en año aún no perfectamente esclarecido, pues mientras cierta acta de bautismo de una niña “Inés” parece señalar la fecha de 1648, el p. Diego Calleja, protobiógrafo y amigo suyo, apuntó el de 1651.
Su padre era vasco y murió hacia 1669, mientras que su madre, Isabel Ramírez, mexicana, falleció alrededor de 1668. El apellido del primero ha creado confusión a lo largo del s. XX, pues se pensó que el nombre de la poetisa debió ser Juana Inés de Asbaje Ramírez, cuando ahora sabemos que en realidad fue Asuage o Asuaje. De la unión de ambos nacieron asimismo dos hermanas de Juana Inés: María y Josefa María; mientras que de la segunda pareja de su madre, Diego Ruiz Lozano, tres hermanos: Inés, Antonia y Diego. Parece haber sido hija ilegítima, aunque todavía existe duda de cuando tuvo conocimiento de ello.
No obstante, su ambición de hallar la verdad apareció desde temprano, pues afirma ella misma no haber cumplido tres años cuando, acompañando a su hermana a la escuela, se “encendió” en “el deseo de saber”. Lo que se inició a tan tierna edad no concluiría sino con su vida, la cual será un esfuerzo prolongado en tal dirección. Más tarde, tras oír “decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias”, importunó a doña Isabel suplicándole que le “mudara” el traje y la enviara allí. Es necesario aclarar que tan simpático ruego infantil fue naturalmente desatendido por la madre, quedando sólo como uno más de los mitos (producto con toda seguridad de una lectura y transmisión incorrectas de este pasaje de la Respuesta a Sor Filotea) el que Juana Inés haya en realidad utilizado vestimentas varoniles para asistir a la universidad. Lo que sí es cierto es que sus estudios se iniciaron, de modo azaroso, en los libros encontrados en casa de su abuelo materno en Panoayan, donde se crió. Asegura la poetisa que la reprendían para “estorbárselo”, pero ella, encendida de amor por la verdad, no cesó, como no lo haría jamás, en su empeño.
Juana Inés se inició como autodidacta, y siempre lo sería. Sin embargo, fue dueña de una capacidad intelectual superior a la de la mayoría y, además, pervive la fama de su belleza física. Una vez que su familia decidió enviarla a vivir a casa de unos “deudos” que tenía en la ciudad de México (probablemente Juan de Mata y María Ramírez, tíos suyos, aprendió allí latín (“en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé” —nos dice— con Martín de Olivas) y, poco más tarde, hacia 1665, debido a las razones antes mencionadas, entendimiento y hermosura, fue “introducida” en el palacio virreinal.
Explica el p. Calleja cómo la virreina, Leonor Carreto, marquesa de Mancera, encantada con ella, no “podía vivir un instante sin su Juana Inés”. Mujeres cultas ambas, debieron gozar mutuamente de la presencia de la otra, aunque, como es lógico, fuese la poetisa la mayor beneficiada. Empero, ni aun así quitaba tiempo a sus estudios. Y éstos eran de tal nivel que el virrey, de regreso en España años después, contaba el modo con que, en aquel entonces, deslumbrado por los conocimientos de la niña, la mandó examinar juntando alrededor de cuarenta sabios en palacio. Entre ellos los había de diversas facultades, e incluso así Juana Inés respondía a las preguntas de modo tan correcto y desenvuelto como “un galeón real [...] se defendería de pocas chalupas” que lo embistieran.
Pero la jovencita, que hacía poesía desde los 8 años (¡ “porque la ofrecieron por premio un libro”!, explica Calleja), deseaba, en realidad, sólo eso: estudiar.
Otro mito, al cuál dedico unas cuantas palabras, es el que sugiere los amoríos de Juana Inés. No sabemos nada, por lo que resulta superfluo hablar. Empero, la crítica teñida de romanticismo insistió, con base en algunos poemas suyos perfectamente pergeñados, en que ella entró al convento por, entre otras, esta supuestamente poderosa razón. Sin referirme a sus asuntos amorosos, de los que, repito, ignoramos todo, diré que tales hipótesis surgieron principalmente de la perfección formal de sus versos, algunos de los cuales dan, en efecto, la sensación de amor real perdido. Pero como existen otros igualmente bien hechos, donde inclusive llega a ponerse en el lugar de una viuda, es necesario dudar de su historicidad. El genio de la poetisa se manifestó, entre otras maneras, así, sabiendo transmitirnos sensaciones que no necesariamente fueron las suyas. En cuanto al ingreso al convento, existen otras causas.
La estancia en palacio volvió a la joven sumamente conocida y deseada: “de modo que en breve tiempo/ era el admirable blanco/ de todas las atenciones”, nos dice en unos versos que la generalidad de la crítica considera autobiográficos. Juana Inés, bella e inteligente, pero pobre, no podía, no debía permanecer en la corte virreinal. Sin embargo, en aquella época la mujer no tenía muchas opciones. Comenta Calleja al respecto que se hallaba amenazada su virtud, pues “la buena cara de una mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borrón; que aun la mesura de su honestidad sirve de riesgo”. Entonces, a la niña que no deseaba casarse le quedaba en el México virreinal el camino del convento.
He aquí una distorsión más en la interpretación de la vida de Sor Juana. Quienes supones que Juana Inés deseó, sobre todo, escribir, ser poeta, fallan, pues su principal anhelo no era éste, sino, como mencioné, estudiar. Pero estudiar para encontrar la verdad, la verdad única e infinita: Dios: “porque —nos dice en la Respuesta a Sor Filotea (l. 300s.)— el fin a que aspiraba era a estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios...” Ella, pues, no quiso ser poetisa, sino trabajar para llegar a la verdad. Si se ven de esta manera las cosas, se comprende que ingresara en el riguroso convento del Carmen en 1667. Allí su intento fue, según sus propias palabras, “sepultar con mi nombre mi entendimiento”, sacrificándoselo a Dios. Es decir, procuró no escribir y, ni siquiera, estudiar. Aunque nos parezca increíble, esta deslumbrante mujer deseó sacrificar lo mejor de sí, la luz de su inteligencia, a quien se la había dado; pero Él no se lo permitió. “Alguien”, apunta, pero ignoramos quién, le dijo que era tentación, “y así sería”, concluye ella dócilmente. Juana Inés entonces, entró en un convento de regla dura: en él no escribiría, ni siquiera estudiaría, pero ello no importaba, pues la verdad, Dios, desborda infinitamente tanto a la poesía como a los libros.
Mucho se ha especulado sobre el peso que tuvo en tal decisión su confesor el p. Antonio Núñez de Miranda. Hasta hoy existen dudas, pero lo natural es que haya sido tomada luego de una seria y solitaria reflexión; no exenta, por supuesto, de otros consejos. Y aunque en un inicio concordaron entrambos, Núñez y Juana Inés, en lo tocante a que ella olvidase los estudios, la intervención arriba indicada, antes o después, lo ignoramos, se sumó a cierta enfermedad que la obligó a abandonar el Carmen.
Sin embargo, no tenía dudas sobre lo que quería, y poco después ingresaba en el convento de San Jerónimo, donde permanecería el resto de su vida (profesó en 1669). Al respecto, se dice que se hizo monja porque no deseaba casarse, y quería tiempo para estudiar, lo cual (son sus propias palabras) es verdad, pero también es cierto que el claustro “era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba para mi salvación (Respuesta, l. 270s.). Es decir, el estado religioso no resultaba ajeno a sus anhelos, pues le permitía cumplirlos (San Jerónimo era, además, un convento mucho menos rígido que el Carmen) sin faltar a los que como cristiana tenía. Más aún: puede afirmarse que, en su corazón, son complementarios, desde el momento en que búsqueda de la verdad y vida dedicada a ella son lo mismo: “porque el fin a que aspiraba era a estudiar Teología [...] y que siendo monja y no seglar, debía, por el estado eclesiástico, profesar letras”. En cuanto a su vocación como escritora, hizo una afirmación que no es fácilmente descartable: “el escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: “ 'Vos me coegistis'” (“ustedes me obligaron” — Respuesta, l. 183s.).
Y, efectivamente, la historia de Sor Juana está marcada por una serie de obligaciones literarias (poemas hechos por compromiso) de modo que basta echar una ojeada al índice de sus Obras para corroborarlo: las catedrales le pedían villancicos; los famosos la obligaban al distinguirla; los amigos la agasajaban; los extraños la buscaban; y ella correspondía con lo mejor —para ellos— de sus posesiones: su talento poético. Porque, ¿qué otro regalo desearía cualquiera de tan extraordinario artista?
Esto exactamente sucedió con la llegada de los nuevos virreyes, los marqueses de la Laguna, en 1680. Ahora no sólo el gobierno eclesiástico le pidió villancicos, sino algo de mayor importancia y distinción: el arco triunfal para recibirlos. Sor Juana no pudo, aunque lo intentó, negarse: “ésta es —le escribe al p. Núñez quejándose— la irremediable culpa mía, a la qual precedió avermel(ó) pedido tres o quatro veces, y tantas despedídome yo, hasta que viniendo los dos señores juezes hazedores, que antes de llamarme a mí llamaron a la madre priora y después a mí, y mandaron en nombre del Excelentísimo Sr. Arzobispo lo hiciere, porque assí lo avía votado el Cavildo pleno...” (Carta de Monterrey, l. 57s.). La monja no quiere hacer una obra que le dará todavía mayor notoriedad de la que ya tiene: se esconde, no desea escribir, pero le ordenan llevarla a cabo. ¿Acaso no valida esto los asertos anteriores, según los cuales intentó, primero, “sepultar su entendimiento” y, luego, que la forzaron a escribir? Sor Juana no planeó ser poeta, aunque, para fortuna nuestra, la encaminaran sabiamente a serlo.
Vinieron luego los tiempos aparentemente felices del gobierno de los marqueses de la Laguna (1680-86), con quienes tuvo gran amistad (permanecieron en México hasta 1688, pero la jerónima seguiría en contacto epistolar con ellos toda su vida); tiempos que, empero, se vieron empañados por el rompimiento con su confesor, el p. Núñez de Miranda, a raíz, principalmente, de haber hecho el arco triunfal (llamado Neptuno alegórico). Sin que hayan sido esclarecidas del todo las razones, la línea principal indica que Sor Juana terminó su relación con el jesuita porque éste la acusaba de no seguir el camino que, según él, debía seguir toda monja: retraimiento y retiro, sin públicos lucimientos ni —esto es lo que no pareció a la Fénix, pues a lo anterior, ya lo dije, no le concedía importancia— estudio. Honda herida debieron dejar en ella tanto las reprensiones como el inevitable fin de su —me atrevo a decirlo— amistad.
Por otra parte, la fama había ya hecho de la poetisa una notabilidad, y difícilmente podría alejarse de la escritura. Con todo, hacia 1685 concluyó el único poema hecho, según su personal confesión, por propio gusto: El sueño (también conocido como Primero sueño). Además, en 1689 apareció en España el primer volumen de sus Obras, Inundación castálida.
Pero el año de 1690 fue especialmente significativo en la existencia de Sor Juana. Su fama (esa que desde temprano la atormentó, llevándola a exclamar: “¿de qué embidia no soi blanco? ¿De qué mala intención no soi objeto? ¿Qué acción hago sin temor? ¿Qué palabra digo sin recelo?”) hizo que circulara entre los habitantes de Nueva España un texto suyo de origen extraño. Alguien —no sabemos, hasta hoy, quién, pese a todas las hipótesis, muchas de ellas insostenibles, que se han lanzado—, habiéndola oído disertar sobre cierto sermón que el jesuita portugués Antonio Vieira pronunciara cincuenta años antes, le ordenó, dada la calidad de sus ideas, ponerlas por escrito. Este papel debió pasar de mano en mano en copias manuscritas hasta llegar a poder del obispo de Puebla, don Manuel Fernández de Santa Cruz, quien finalmente lo publicó con el título de Carta atenagórica (“propio de la sabiduría de Atenea”). Éste iba precedido por una carta-prólogo suya conocida como Carta de Sor Filotea de la Cruz a la poetisa, pues el obispo, para que su amiga y los lectores no sintieran que los consejos y admoniciones ahí expresados tenían carácter oficial, la firmó con ese seudónimo: “Filotea de la Cruz”. El escrito de Sor Juana trata materias totalmente teológicas, terreno reservado entonces no sólo a los varones, sino a varones de alta calidad intelectual. Debido precisamente al espléndido nivel mostrado por la poetisa, el obispo, deslumbrado, lo daría a la prensa. Pero antes, como es obvio, habíase ya excitado en algunos (ignoramos, de nuevo y a pesar de innumerables e insostenibles tesis, sus nombres) envidia (he aquí una vez más el martirio añejo de la Décima musa, aquél del que desde temprano se quejara). La envidia atrajo asimismo el escándalo de aquellos que no toleraban a una mujer teóloga. Además, en don Manuel existió cierto resquemor de que los argumentos usados por la monja (¡todos ellos impecables desde el punto de vista ortodoxo!) la hicieran envanecerse. El pastor no obstante, ya lo dije, publicó la Carta atenagórica. Sus motivos fueron dos: acallar las voces de los enemigos de la monja, avalando con su autoridad el texto, y hacer ver a ésta que, pese a la correcta estructuración formal de su argumentación, había en ella cierto tufillo vanidoso, producto seguramente de años de alabanzas y aplausos que, sin hacer mella de ningún modo en su carácter siempre dócil, parecían haberla hecho, aunque fuese sólo momentáneamente y allí, perder la humildad. Por eso el prólogo firmado como Sor Filotea primero la alaba, defendiéndola de quienes la critican, pero asimismo la amonesta, en bien público y, sobre todo, de su propia alma.
Pocos meses después de recibir su escrito impreso, atónita y, ella lo reitera, agradecida con el obispo, redacta la Respuesta a Sor Filotea. Documento reconocido por la defensa del derecho de las mujeres al estudio (cosa que, ciertamente, había ya hecho Sor Filotea) es, además, una detallada narración de la vida y vocación de su autora. En él dialoga con su amigo, explicándole cómo su único deseo fue estudiar (¡al igual que cualquier ser humano, mujer u hombre¡) “para ignorar menos”, no para enseñar, ni mucho menos para escribir. A ella, asevera, la obligaron, ¡todos ellos!, con sus insistencias y apremios, pues su único afán era buscar la verdad. La Respuesta entonces no sale únicamente en defensa de las mujeres, pero de todo hombre que desee saber; saber para hallar a Dios, pues tal es, en última instancia, el sentido de su trabajo intelectual.
Ese mismo año de 1691 fue escrita una misiva recientemente sacada a luz, cuya firma es de una tal Serafina de Cristo. Como lugar de redacción se da el convento de San Jerónimo. Dicho documento se publicó en 1996 adjudicándoselo a Sor Juana, pero hoy sabemos a ciencia cierta que no es de ella. En él se la defiende de cierto impugnador, cuya critica se relaciona con el asunto de la Atenagórica, pero como esta carta se encuentra cifrada, resulta problemático reconocer tanto a su autor como la identidad del enemigo de la poetisa ahí criticado.
Por si no bastara, 1692 fue trágico para la Nueva España. Hubo problemas con los granos, pues una plaga redujo severamente las cosechas, lo cual causó especulación y elevación de los precios. Un motín fue la resultante. Las cosas no se veían bien. Los novohispanos entendieron que Dios los reprendía. Hubo rogativas y procesiones. Sor Juana debió reflexionar y hacer examen de conciencia. Las amorosas palabras de Sor Filotea cayeron en terreno fértil, y la gran poetisa, teniendo en cuenta los tiempos, con humildad le otorgó la razón. Entonces se reconcilió con su antiguo confesor. Ignoramos la actitud de éste, pero, sacerdote de Cristo, debió encontrarla con actitud paternal. Lo que sí se sabe es que Sor Juana no dejó del todo ni los estudios ni las letras: las plumas de Iberoamérica seguían solicitándola, y su cortesía no estaba peleada con su fe. Viéndola cambiada, el mismo p. Núñez, más viejo y sabio, muy probablemente no le exigió abandonos totales: la madre Juana se había transformado, pues ya no era el centro de su vida la obsesión libresca (es conocida la venta de su biblioteca en aras de los pobres). Era la hora de ir a buscar la verdad en un sitio más alto: la caridad. Y en este camino fue ahora la Verdad la que salió en busca suya. Una epidemia entró en San Jerónimo, y Sor Juana, cuidando a sus hermanas, cayó enferma; enfermedad que la llevó a la muerte el 17 de abril de 1695, día que, como dice el p. Calleja, fue para ella “principio de la eternidad”.






















Análisis resumen de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz nació en 1651, en Neplanta, México. Aprendió a leer a los tres años y, a los siete, quiso ir a la Universidad, disfraza¬da de hombre. A los nueve aprendió latín. A los trece entró en la corte, donde escribió poemas a pedido de los nobles y cultivó su intelecto. En 1667 ingresó en el convento de las carmelitas descalzas, pero tres meses después se trasladó al de San Jerónimo, donde permaneció hasta su muerte, en 1695. Entre 1689 y 1692 se publicaron en España los dos tomos de sus obras completas.

OBRA LITERARIA
La obra de sor Juana asombra por su perfección y por su diversidad, Pue¬de advertirse en ella una doble vertiente: la primera, externa, brillante, so¬cial, por la que fue reconocida y alabada, en la que muestra su dominio de la tradición cultural hispánica y de los artificios barrocos (el hipérbaton, la hipérbole, la antítesis y e! retruécano); la segunda, interna, más profunda, más audaz, en la que aborda la problemática del acceso al conocimiento hu¬mano. Sus textos reflejan esta contradicción tensa entre sometimiento a los cánones vigentes y la rebelión contra los límites que su condi¬ción de mujer le impone.
Su producción se mueve en dos direcciones opuestas, por un lado, aque¬lla en la que se apropia de una tradición literaria y de una estética para ju¬gar con ellas, para imitarlas, parodiarlas y mostrar su extraordinaria capaci¬dad expresiva y, por el otro, el tono confesional ligado a sus intereses personales y a las luchas internas entre rebelarse o someterse a los mandatos sociales y religiosos de su entorno.
.La literatura de Sor Juana Inés de la Cruz tiene, entoncs, dos ámbitos:
1- teológico, generalmente en prosa.
2- profano (cortesano o popular), en verso.
La coexistencia de estas dos vertientes repre¬senta la polifonía de las obras de Sor Juana, en la que coexisten los contrarios a partir de los cuales se genera la polémica.
1. Villancicos y coplas
Gran parte de la obra poética de Sor Juana consiste en villancicos y otras letras de carácter religioso, compuestas para ser cantadas. En general, fueron escritas por encargo.
Por medio de estos textos, Sor Juana llega al pueblo, ya que estos cantos eran entonados para la gente que se reunía por motivos religiosos. El lenguaje usado en estas composiciones varía desde un español culto de complejas metáforas, hasta lo popular, como el habla del indio y del negro .
En varios casos, a través de estos villancicos o coplas expone su negativa a aceptar la conven¬ción de la época, que sostiene que no es conve¬niente la acumulación de excesivo conocimiento en una mujer, sobre todo si es religiosa.
Villancico de Sta. Catarina
Estudia, arguye y enseña,
y es de la Iglesia servicio,
que no la quiere ignorante
El que racional la hizo.
¡ Víctor, Víctor!
Villancico para el final de la misa
Ésta (qué sé yo,
cómo pudo ser),
dizque supo mucho
aunque era mujer.
Esperen, aguarden,
que yo lo diré.

2. Sonetos
Los sonetos son las poesías más conocidas de Sor Juana, y en ellos aparece claramente el tema del amor. Pero el amor planteado en los sonetos admite diferentes lecturas que polemizan entre sí: amor a Dios, amor a un hombre, amor a la sabiduría.
Cualquiera sea la lectura privilegiada, se llega a un resultado común: la ausencia de ese amor. Por esto, se habla de Sor Juana como de un per¬sonaje en soledad, ya que estas experiencias amorosas no fueron concretadas: no llegó al encuentro místico (unión con Dios), no tuvo romances conocidos (unión con un hombre) y después profesó como religiosa, por lo que tampoco llegó al conocimiento universal.
La escritura es para ella un proceso liberador, la respuesta positiva que resulta de sumar dos elementos negativos: a) la negación que hace de su cuerpo de mujer; b) la marginación por parte de la sociedad y la Iglesia que no permiten que una mujer estudie y acceda al saber.


Este que véis, engaño colorido
que del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de coloreses
cauteloso engaño del sentido:

este, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,
es un afán caduco, y bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695).

El tema es la fugacidad del tiempo y de todo lo material. Como en todos los sonetos clásicos, aparece en el último verso: "es cadáver, es polvo, es sombra, es nada". Surge enfatizado por la acumulación de figuras en los tercetos.
Se trata de un soneto endecasílabo, de rima consonante, con esquema ABBA en ambos cuartetos y COC OCO en los tercetos.

El soneto fue una de las formas predilectas del conceptismo, por cuanto su estructura permitía exponer ingeniosamente las ideas en un breve espacio y mostrar una conclusión en los versos finales. Por otra parte, la acumulación de figuras, especialmente los hipérbatos, que retuercen la expresión y dificultan la intelección, muestra el poema como un objeto hiperconstruido, propio del Barroco, así como su tema propone una de las preocupaciones más habituales del intelectual del siglo XVII.

En "Éste, que ves, engaño colorido", sor Juana reelabora el tradicional tópico de la fugacidad de la vida (fugit tempus) desde la temática barroca del desengaño. Parte de un retrato ("engaño colorido") que ofrece la ilusión de detener el tiempo ("triunfar de la vejez y del olvido") y capturar la belleza y frescura de la juventud ("ha pretendido excusar de los afectos los horrores") y que no es más que un espejismo de los sentidos.
Con perfecta síntesis, plantea en los dos cuartetos el silogismo de la aparente inmortalidad del arte para, en los tercetos, reiterar el vano esfuerzo del artista por fijar el instante me¬diante versos anafóricos -que remiten a un elemento anterior en el texto¬("es un resguardo inútil para el hado / es una necia diligencia errada / es un afán caduco (.,,]") para llegar a la hiperbólica gradación de la enumeración final ("es cadáver, es polvo, es sombra, es nada").
En estos poemas cultos, sor Juana evidencia su capacidad para apropiar¬se de una tradición literaria y su talento para glosar a Góngora y a Queve¬do, jugando con retruécanos y con antítesis.
Para un análisis más profundo de este poema, pinchar aquí:
http://elblogdemara5.blogspot.com/2008/08/la-instancia-gnoseolgica-en-un-soneto.html

OBRA EN PROSA: RESPUESTA A SOR FILOTEA
La mayor parte de su obra narrativa es de carácter epistolar.
Una carta en la que Sor Juana critica las pa¬labras de un jesuita portugués, Antonio de Vieyra, aparece publicada en 1690 por el obispo de Puebla, con el título de Carta atenagórica (en alusión a la diosa griega de la sabiduría, Palas Atenea). Esta publicación de carácter teológico va acompañada por una carta intro¬ductoria firmada por Sor Filotea de la Cruz, nombre falso detrás del cual se oculta el obispo de Puebla. En esta introducción se le critica a Sor Juana su preocupación por el estudio de las ciencias no sagradas y la temática mundana de su poesía y, además, se la insta a preocuparse más por los asuntos de Dios.
Tres meses después, ella escribió su Respuesta a Sor Filotea, en la que defiende su condición de mujer y su compulsión por "saber", que la lleva a investigar hasta en las actividades a las que querían reducir a las mujeres de la época:
"Pues, ¿qué os pudiera contar, señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y se fríe en la manteca o aceite y por el contrario se despedaza en el almíbar: ver que para que el azúcar se con¬serve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria [ ... ] pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo: 'Que bien se puede filosofar y aderezar la cena'. Y yo suelo decir, viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito ... ".
En muchas partes de esta carta, el relato se toma una confesión íntima en la que aparece la gran soledad de esta mujer desgarrada por la dualidad de los que la aplauden y los que la cri¬tican, de sus ansias de saber, investigar y cues¬tionar, y la rigidez de los votos religiosos que la obligan a quedarse con la respuesta de que Dios es el origen de todas las cosas:
"Volví [ ... ] a leer y más leer, a estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros. Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos ca¬racteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro: pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa, por amor de las letras: oh, si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevado cuanto podía y dirigirlo a su servicio, porque el fin a que aspiraba era a estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los Divinos Misterios; y que sien¬do monja y no seglar, debía por el estado ecle¬siástico profesar letras ... ".
En la Respuesta, sor Juana se sitúa como una mujer deseosa de saber en un mundo en el que eso le estaba vedado. Este texto, con la declarada intención de ser "una simple narración de mi inclinación a las letras", va desviándose, mediante el uso de la ironía, para convertirse en un desa¬fío a la "candidez" de la mentalidad de la Inquisición ("aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en las cosas que Dios crió') y una provocación al saber establecido, al atreverse a llevar a Aristóteles, máxima autoridad de la filosofía clásica, a la cocina ("Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubie¬ra escrito').
Sor Juana, además de reivindicar su derecho al conocimiento, denunció, en las Redondillas las injusticias a que estaban expuestas las mujeres, víctimas de los abusos y prejuicios de una sociedad en la que las reglas las fijaban los hombres.

11 comentarios:

  1. esta bien larga inutiles

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    1. JAJAJA CIERTO ESTA BIEN LARGA

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    2. cierto inutiles nisiquiera se le entiende

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  2. esta muy buena la carta pero es muy dificil de leer ,pero su lenuajes es muy dificil de entendern y hasta el final logras entender

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  3. sor juana fue una mujermuy decidida y capas un verdadero ejemplo aseguir
    =).........!!!!!!!(-B

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  4. esta muy completa y si me sirvio mucho

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